Unas manos buscan a tientas a través de la corteza, miren cómo rebota mi cabeza. Se deforma, se exhibe una paliza. Se hurga en una cámara interior para encontrar un centro vallas embarran los huesos sujetan el cuerpo. Se enfila un músculo sobre la piel para que se calme y se ensaya un estiramiento. Se desbroza la maleza y se conducen las escamas los restos levantan polvo sobre la pupila que enfurece mira para otro lado. Las particularidades rechazadas en una bolsa sobre la mesa. Vengan, luchen en el campo, enlodando y enterrando. Cierne la rapiña arriba de la víctima da un grito y cae. Las ramas se pliegan evitando el cuerpo veloz.

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Incendian depósitos llenos. Los gritos caen sobre los campos. El aumento, el sonido silencioso. Blancos móviles asustados y quietos. Tallos, nervios se tuercen en el calor. El área de distribución balbucea y jala. Ella se vuelca. Yo soy una sima. Con sus pies ella anda con cautela, arrea por la senda. Consuela la tierra y los aledaños que se hunden. Una lengua áspera contra la corteza. Encharcamiento. El impulso de masticar. Enjambres ahora levantan el vuelo se deslizan hacia acá. La respiración del suelo varía mucho a lo largo del año.

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Ya vienen los árboles. Estiran los ramajes y las gallaritas. Se acercan a las superficies de la piel y a las manchas propias de la especie. Un recuerdo de cuarto de baño. Aún así se despiertan y salen chirriando. Una contracorriente que no palpita. Solo campo tras campo. Cosechas. Arena se mete arremolinando por todas las grietas de la casa cascando pupas. Pliega y abre. Agua muerta y telaraña y murmullos tan claros como hilos finos saliendo de la glándula. En la arboleda estamos. Lentamente crece el cornezuelo en cada dedalera.

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Inmunidad de rebaño en cada espesura. Fibras rojas ondean en los árboles. Dibujan formas de la virtud. Corren y respiran en los huecos de los troncos. Colocan allí la envidia y el flato. Todos los páramos ahora se tiñen de tu agua. Todas las aves elevan el vuelo simultáneamente. Hay calma y presagio. Golpeteo. Deslizamiento debajo de la laguna. Penetra chupa líquidos y miedos. El follaje pide saprofito pero es encapsulado. La fertilidad de la carne y el paisaje. El humedal la lycophyta buscan en tu circulación encuentran el paladar. Oxigenan. Ahora pastamos ericáceas y cataratas. No se ven los quironómidos. Rumian a compás. Esperan a que se vaya la helada profunda. Una vibración.

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Dispone de la vegetación. Ahora toca la briza media. Lucha con los dedos por meterse en la materia orgánica. Tú eres mi suelo tú eres mi pantano. Lavas el carpo lamiéndolo. Levantas el cuerpo a lo largo del linde del bosque. Crujiendo debajo de la región sacra caen las acederas y las hierbas de la celada. Chupan el rocío por los antebrazos y la saliva se acumula. Mastican. Flotando somos un arroyo un río somos cascos partidos, avanzamos como rebaño refregando pinos y abetos. Debajo del desarraigo balbuceas. Todo esto que enderezar. Líquenes y musgos como membranas piel y lazos interhumanos.

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Los cinco poemas provienen de Omloppstid (2015, ‘Circulación arbórea’), el segundo libro de la poeta sueca Petra Mölstad, quien este año publica su cuarta colección de poemas: Din disciplin (‘Tu Disciplina’).
Las traducciones fueron realizadas gracias a un apoyo de Swedish Arts Council.

Foto · Jakob Johannsen